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Derrocar a las reinas en pos de la igualdad

Derrocar a las reinas en pos de la igualdad
En los últimos años se dejaron de organizar casi 20 certámenes de belleza en Argentina. En diciembre pasado se puso fin al concurso de la cola Reef. La objetivización de la mujer y una de las formas más sutiles de violencia de género.

(Buenos Aires, 31 de enero de 2017) - En enero comienza la temporada de verano. Calor, playa, sol y cuerpos femeninos ocupan tanto los medios gráficos como televisivos e invaden internet. Es también época de los concursos de belleza en el país, así como la elección de la reina del carnaval de Gualeguaychú y, en el marco internacional, la selección de Miss Universo.

En estos concursos el cuerpo femenino es observado, criticado y evaluado por jurados mayoritariamente masculinos reforzando los estereotipos de belleza impuestos a las mujeres. En los últimos años el movimiento de mujeres comenzó a visibilizar la violencia ejercida en este tipo de prácticas, muchas veces sostenidas con argumentos referidos a su caracter cultural o tradicional.

En diciembre de 2014 Chivilcoy fue la primera ciudad argentina en prohibir los concursos de belleza argumentando que son “una práctica discriminatoria y sexista” y que “refuerzan la idea de que las mujeres deben ser valoradas y premiadas exclusivamente por su apariencia física, basada en estereotipos”. En la mayoría de certámenes, para ser coronada reina de belleza, la mujer tiene que cumplir una cierta cantidad de requisitos: edad entre 18 y 25 años, respetar una altura mínima de 1,60 cm, deben ser solteras y sin hijos. En el pasado, Miss Universo destronó a su más reciente reina tras sólo tres meses ya que se rumoreaba que la joven había quedado embarazada.

En los últimos 2 años, cerca de 20 municipios del país anunciaron que dejarían de organizar estos certámenes de belleza. El concurso más reciente en ser cancelado fue el de “la mejor cola del verano”, también conocido como “cola Reef”. El evento organizado por la marca de ropa se inició en 1993 y se había convertido en un clásico de Mar del Plata. Allí, paradas en un escenario, las chicas tenían que vestir remeras atadas a la cintura,  una tanga negra y desfilar por una pasarela. La ganadora era elegida según los aplausos del público, compuesto en su mayoría por hombres.

El 6 de enero Clarín publicó una nota titulada Fuerte polémica entre grupos feministas y la Reina del Mar por los concursos de belleza. Allí reprodujeron las declaraciones de la reina del mar, Giuliana Chiappa, cuando el evento del que participaba fuera criticado por grupos feministas: “El certamen no es violencia de género. Las chicas están desinformadas”. El grupo Ni una menos, previamente había criticado a la intendencia de Mar del Plata por llevar a cabo las festividades, cosificando a la mujer y no destinando ese dinero para la lucha contra la violencia de género.

Estos concursos son criticados por el movimiento feminista por considerar que ponen a la mujer en un lugar de objeto, generalmente sexualizado, y donde lo que prevalece es la apariencia física. En su mayoría estos eventos cuentan con una competencia de bikini y los jueces son principalmente hombres. A lo largo de los años, organizadores de estos certámenes han tratado de defenderse diciendo que se busca más allá de la apariencia física de las mujeres y que también se valora su inteligencia.

En diciembre del año pasado el diario El Litoral publicó dos notas de opinión que fueron criticadas por los mismos trabajadores del medio. En una de ellas, titulada La venganza de la fealdad el autor sostiene que la “prohibición de la acreditación de la belleza, suena más como una venganza de la fealdad, que como una prevención de la violencia de género” al mismo tiempo que plantea que los concursos favorecen a la belleza de la mujer, lo que tiene como consecuencia una “selección diferente en beneficio de la especie, mediante su aporte genético”.

El autor concluye: “Pretender que la exhibición de la belleza es un estímulo a la ‘violencia de género’, es una contradicción flagrante con la experiencia acumulada, en la que la libido y el morbo masculinos han resultado siempre estimulados por el ocultamiento, y los instintos reprimidos han resultado potenciados por el atisbo de alguna porción del cuerpo de una mujer aunque sea de manera tímida”. En otras palabras, que las mujeres oculten su cuerpo generaba curiosidad en el hombre, mientras que el hecho de mostrarlo satisface las necesidades de los mismos. Si las mujeres muestran su cuerpo, el hombre no ejerce violencia.

En otra nota publicada en el mismo medio titulada Estaba tan buena que le eché los galgos, pero..., un nuevo autor relata una anécdota en la cual se cruzó con una mujer en la calle y al decirle algo, otra mujer lo critica enmarcando su accionar en un contexto de acoso callejero. Lo particular de esta segunda nota es la diferencia de descripción de ambas mujeres, solamente por su apariencia física. El autor describe a la primera mujer como “una bomba biológica que mientras ritmaba su andar con pasos largos, desarreglaba los ritmos cardíacos de los que la miraban pasar”, mientras la segunda era una mujer “entrada en carnes y con el labio superior sombreado por un bozo rebelde a las depilaciones”. El hombre minimiza su accionar: mientras que una mujer de semejante hermosura debe por obligación recibir algún tipo de comentario mientras camina por la calle (y sentirse agradecida por ello), la otra mujer solo recibe denigraciones.

Ambas notas fueron criticadas por las y los trabajadores del medio quienes escribieron: “En el contexto actual, en el que la ciudad de Santa Fe continúa estremecida por el cuádruple femicidio vinculado, un intento de femicidio y un intento de femicidio vinculado, resulta cuestionable que un medio de comunicación publique notas de este tenor, sin tener en cuenta el sentido de responsabilidad social que le compete”.              

El patriarcado impone la idea de que el cuerpo femenino está para ser analizado, juzgado y deseado por hombres. Aunque los concursos de belleza insistan en que no objetivizan a las mujeres porque también valoran su inteligencia,  en la práctica lo primordial es el aspecto físico de las concursantes. Prohibirlos no es el fin de los femicidios pero si evita que la objetivización de las mujeres, una de las formas más sutiles de violencia, siga ocurriendo.


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